Airbnb y el mercado. Un pez que se muerde la cola

En estos últimos días he tenido dos ocasiones para confirmar cómo la retórica “colaborativa” ha calado en la opinión pública y cómo resulta necesario enfrentarse antes que nada a la cuestión terminológica para poder abordar el tema de los pisos turísticos. En una de estas ocasiones estaba explicando mi opinión acerca del fenómeno Airbnb a los integrantes de una cooperativa de autoconsumo de mi barrio, el Raval. Una platea de personas seguramente atentas e inquietas hacia los modelos de desarrollo económicos y con posiciones críticas respecto a las lógicas del mercado. Todos eran conscientes del protagonismo que tienen  las agencias e inversores en la configuración de una parte de la oferta Airbnb en la ciudad. Sin embargo, algunos se preguntaban si no merecía la pena regular el fenómeno de manera que solamente los particulares pudieran convertirse en “anfitriones” y, así, mantener el carácter colaborativo de la plataforma.

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En esta línea, también la presentadora de un programa de una TV local me preguntaba acerca de otros destinos que a través de una nueva regulación hubieran podido recuperar la “esencia colaborativa” del modelo. A pesar de los limitados tiempos televisivos, sentí la necesidad de sacrificar una parte del tiempo para denunciar cómo una parte del problema es precisamente, el uso de esta terminología, cuya promoción no respondía a otro objetivo que la necesidad de seducir el mercado y, sobretodo, a la opinión pública. Se utilizan palabras con una connotación positiva que narren superficialmente las virtuosas lógicas de funcionamiento del modelo, sin tener que explicar las prácticas concretas que éste supone. 

El concepto de economía colaborativa nace en 2010 de la mano de una periodista británica licenciada en Bellas Artes, Rachel Botsman, para describir una serie de plataformas digitales que a pesar de las substanciales diferencias en términos de actores involucrados, dinámicas entre usuarios y lógicas económicas, representarían los ejemplos más emblemáticos del adviento de un nuevo paradigma económico. Una revolución impulsada por el desarrollo de las tecnologías digitales y protagonizada por las comunidades en oposición a la cultura del híperindividualismo y  a la sociedad consumista que promueve el modelo neoliberal. Bajo este paraguas conceptual recaerían prácticas tan dispares como la comercialización de pisos turísticos, la crianza compartida, o el bike sharing. 

Según la Real Academia colaborar es “trabajar con otra u otras personas en la realización de una obra”, mientras que compartir – la traducción de sharing – significa “repartir, dividir, distribuir algo en partes”. Por mucha creatividad que se tenga resulta difícil describir los servicios ofrecidos a través de Airbnb como colaborativos. Por lo tanto, resulta hasta cierto punto sorprendente – incluso en la época de la posverdad – ver cómo esta retórica ha sido asumida, de forma acrítica, también por los grandes medios de comunicación, entre ellos los periódicos económicos más acreditados, y por una buena parte de la clase política a nivel internacional.  A la cesión temporal a título lucrativo de un bien, se le ha llamado toda la vida de Dios “alquiler“. Un término menos sexy pero seguramente más adherente a la natura del servicio que se ofrece en esta plataforma y que, además, desvela claramente la relación asimétrica entre usuarios. El denominado anfitrión y el turista no son “pares”. Entre ellos, además de la fundamental intermediación de la empresa Airbnb Ireland UC, no hay colaboración, codivisión, ni dinámicas “comunitarias”: solo hay el mercado y sus lógicas competitivas. O sea, nada nuevo bajo el sol… 

Bastaría con ver cómo demanda y oferta se encuentran, por lo que se refiere a la oferta de alojamiento turístico, siempre en los mismos lugares. A pesar de la presunta descentralización que Airbnb y sus defensores prometen, la distribución espacial de la “comunidad anfitriona” no difiere significativamente de la oferta convencional y regulada. El caso de Barcelona lo demuestra claramente replicando patrones similares de híper-concentración que presenta la oferta hotelera. De acuerdo a los datos que nos proporciona la plataforma insideairbnb.com, podemos claramente identificar el baricentro de la oferta entre Ciutat Vella y el Eixample, dos distritos que concentran un 23%, aproximadamente, de la población residente, mientras que aglutinan el 56% de la oferta Airbnb y el 55% del número de plazas hoteleras. Por su parte, los tres distritos de Horta, San Adreu y Nou Barris, con una población de casi medio millón de personas – 30% del total – presentan poco más de mil anuncios, o sea el 6% del total. Dicho de otra manera, justo para comparar dos barrios prácticamente con el mismo número de habitantes, por cada anuncio en las Roquetas se han creado más de 80 en el Gótico, buena parte de los cuales, como sabemos, son ilegales.

Presencia de Airbnb en Ciutat Vella y el Eixample 

Figura de elaboración propia a partir de imágenes aportadas por insidebnb.com

Es la demanda la que sigue impulsando la oferta, y no al revés, como demuestra el mapa turístico de la ciudad. ¿Y qué oferta puede encontrar la demanda? Como pasa con el mercado hotelero, un aspecto fundamental para la competitividad de los “anfitriones” es su ubicación. Hay que ser honesto: al grueso de la oferta, por mucha “autenticidad” que se le pueda prometer, no le interesa hospedarse en Trinitat Nova. No ha de sorprender, por lo tanto, que en este barrio periférico se concentren solamente 8 de los más de 17 mil anuncios que insideairbnb.com ha rastreado el pasado mes de diciembre.

Además del precio, otros aspectos que juegan un papel relevante en la competitividad de un alojamiento “colaborativo” son evidentemente las características intrínsecas del piso, los servicios y espacios disponibles, así como su propuesta estética. Suficiente con hojear los anuncios en Airbnb para darnos cuenta de la importancia de la puesta en escena, exaltada por las fotos con gran angular. Por esto, no tienen que sorprendernos demasiado iniciativas como el acuerdo entre el banco EVO y la misma Airbnb para que el primero conceda préstamos a clientes que quieran reformar o decorar las propiedades que luego ofrecerán en esta plataforma. Airbnb se compromete a devolverte los intereses a cambio de que “subas tu anuncio y seas un buen anfitrión”, literal.

No se trata aquí de ironizar sobre aquellos que pudieran efectivamente encontrarse en una situación de necesidad y acudan a este mercado para mantener a flote su economía familiar. Pero cabe preguntarse si estos casos, posiblemente anecdóticos desde un punto de vista numérico, pueden justificar un fenómeno que se guía principalmente por otras lógicas y otros actores y que resulta realmente difícil no relacionar con la actual efervescencia del sector inmobiliario en los barrios más turísticos de la ciudad. Sostener que introducir la demanda turística dentro del mercado de la vivienda podría reducir las  dinámicas especulativas y favorecer el acceso a la vivienda de los residentes tendría que parecernos, en la mejor de las hipótesis, un planteamiento ingenuo. Sin embargo, los cantos de sirena de la “economía colaborativa” con su promesa de promover derechos a través del mercado siguen seduciendo a muchos, incluyendo la mismísima Comisión Europea. Mala tempora currunt, como decían los latinos, malos tiempos corren.

Alan Quaglieri Domínguez

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